jueves, 19 de abril de 2012

Miedo, a lo desconocido, a lo que está por llegar. Miedo a no saber qué hacer cuando llegue el momento, miedo a equivocarse tomando una mala decisión. Miedo a hacer daño, a hacerte daño. Miedo a perder lo que ya tenías, a no recuperar lo que tuviste. Miedo al tiempo, a ese fenómeno que lo mueve todo, a ese transcurrir de las horas que distancia a las personas, que las une, que las vuelve a reunir, que hace que se les olvide. Miedo a la oscuridad, a esa que te deja ciego, a esa que te impide ver más allá de ti mismo. Miedo a tus propios recuerdos, miedo al ver esa persona que no querías ser, miedo de volver a tropezar otra vez con la misma piedra. Miedo de tu presente, no miedo, sino pavor. A tener todo claro y a la vez no tenerlo, a quererlo todo y a la vez no poder quererlo, miedo a saber qué es lo mejor para ti, miedo de averiguarlo y no querer que sea así, miedo. Al futuro, al gran desconocido, a lo que vendrá. El miedo te mata por dentro, la nostalgia de tus recuerdos, el miedo al dolor que suponen. Se apodera de ti, de tus pensamientos, y te ciega. Te consume en una realidad paralela a tu vida, y no permite que vivas realmente la tuya. Hablando en plata, es muy jodido. Un nudo te aprieta por dentro y no te deja respirar. Es el miedo a mirar a tu alrededor, y ver que no está, que no están, y no entiendes porqué. Pero es fácil, al igual que el tiempo mata todo a su paso, también es capaz de curar hasta la herida más grande. Que transcurra, y que este miedo muera con él.


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